Costumbres y prácticas en la ganadería brava
SEVILLA. A las ocho de la mañana, Francisco Iglesias, el mayoral, ya apartó con el caballo a los añojos (novillos de un año) y los metió en los corrales de la plaza de tientas de la finca. Llega Pablo Osborne en su coche, el veterinario de la Unión de Criadores de Toros de Lidia, asociación que agrupa a más de 600 ganaderías de España, Francia y Portugal. Del mismo modo que viene a la finca para “ahijar” a la cría con su madre cuando nacen -identificarlos genealógicamente-, el veterinario es la “autoridad” que dicta cuándo se hace el herradero. Generalmente, se llevan a cabo uno en invierno y otro antes del verano-. “Así, cuando paren las vacas, los becerros no son muy grandes, no tienen mucho pitón ni peso”, explica el mayoral.
En lo alto de los corrales, José María Pérez lleva con la pica cada novillo a la “mangá” (calle). Descarga pequeños impulsos eléctricos, conduciéndolos con mayor eficacia. Pequeños mugidos y
arreos con la voz. “Este ha ‘pisao’ la cadena”, dice Antonio, que sujeta al animal dentro de la gran caja de madera. Hasta hace poco, Antonio Rodríguez y Juan Morato, los vaqueros, los cogían empleando la fuerza bruta, agarrándolos y tumbándolos directamente con sus manos; tenían que trabarlos en el suelo mientras eran “herrados”. Ahora, en cambio, cada toro entra finalmente en el cajón donde es inmovilizado. La tarea es más rápida y segura para los vaqueros y, por otro lado, se evita que el animal sufra lesiones. El hijo de Juan también ayuda, da el último toque al becerro con otra pequeña pica eléctrica para ‘encajonarlo’.
Francisco Iglesias ya activó la palanca que asegura al novillo por el cuello. Hace una muesca en la oreja derecha con una pequeña navaja. “Es la insignia de la casa”, afirma el mayoral; además, l
e quita el crótalo con la identificación. “El 1, primero ponemos el 1”, dice Juan, que se acerca al fogón con los hierros incandescentes. Antonio, el casero de la finca, mantiene la candela viva y está atento a la bombona. Con algo de miedo y entusiasmo, asiste con su perro cocker al primer herradero de toros bravos en su vida. En total, se ponen cuatro marcas a cada animal. El guarismo del año –el 1, por haber nacido en el 2011-; la ‘U’ de la Unión de Criadores –asociación en la que se integra la ganadería-; el número que identifica al becerro nuevo en la camada de este año -a partir del número 1-; y finalmente el hierro del ganadero -en términos de diseño, el logo de la marca-. Son los veterinarios quienes imprimen el hierro candente sobre el animal. Lo hacen con firmeza, para que no se desprenda y produzca otras quemaduras.
Siempre en el lado derecho, donde se “hierra”, Laura Salguero perfila cada ‘tatuaje’ con un spray
analgésico. La mujer de Francisco, además, anota en su libro el número del novillo, al igual que Pablo Osborne. El censo de la ganadería se lleva al día. En el herradero se aprovecha para desparasitar y vacunar contra la tuberculosis a los animales. Nicolás Cabrera, también veterinario, rasura rápidamente el pelo del animal y pone la inyección; Juan, el vaquero, ayuda y pone otro pinchazo para desparasitar. “Cuidado, que va”, dice Antonio, que suelta las cadenas y abre la puerta lateral del cajón. “Tienes razón”, le dice a Pablo, “así sale antes”. Digamos que esta treintena de becerros de Castilblanco, la ganadería de González de Caldas, tienen ahora nombre y apellidos, se reconocen y están identificados. Al final de los corrales, todos los que antes se dolían pacen más sanos en la finca de Los Pilares, donde pastarán hasta convertirse en toros de lidia.
Leslie J. López
Fotos InSevilla





10 jun 2012
Posted by Insevilla
1 Comment












1 Comment
que bueno que in for men esto de los toros bravos ami me encato esto felisidades